¡Cuán envidiosa, dulce prenda mía,
el alma, de sus mismos pensamientos,
juzga por siglos largos los momentos
que no goza los rayos de tu día!
Ellos que vuelan por la esfera fría
usurpando las alas a los vientos,
en la fruición de su beldad contentos
dan flor a mi esperanza, aunque tardía.
¡Oh mar! ¡Oh, montes! ¡Oh, prolija tierra!
Impedimentos sois de mi ventura,
mientras ausente peno y amo loco.
Mas si la paz es premio de la guerra,
¡sufrid por merecer tanta hermosura,
alma, que nunca mucho costó poco!