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1828–1909

El alma de Cervantes

Ricardo del Monte

Luchó con su infortunio; en el combate, como en Lepanto, le vejó la suerte; lo apresó la miseria, y lo halló fuerte como en Argel, pero faltó el rescate.

Lo abandona el amigo y el magnate; la Envidia hiel en sus heridas vierte, ¡y el pobre! «con las ansias de la muerte», ni maldice, ni llora, ni se abate.

Ve en torno el mundo sordo a su lamento, y alma viril, bendice la pobreza, «dádiva santa nunca agradecida» ¡Sí, que ella fue crisol de su pureza

y a su amparo labróse el monumento que vengó los ultrajes de su vida!

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