No regales la tierra, Fénix mía,
con netas perlas, de tus bellos ojos
que enriquecen el mar de mis despojos,
y están pobres sus conchas de alegría.
Antes salgan sus soles a porfía,
enjugando del alma los despojos,
y como en Cancro entre sus rayos rojos
muera la noche, y resucite el día.
Mas llora, sí, bien, llora, y de tal suerte
mares serán mis ojos con tu llanto,
que al ruido estreche su diluvio en medio.
Pyrra en el monte a solas podrá verte,
no se atribuya a este rigor espanto,
que a tal dolor difícil, tal remedio.