Después que consintió mi dura suerte,
que yo fuese del ciego amor herido,
la muerte a largo paso me ha huido,
como si viera en mí otra nueva muerte.
Si la llamo a mi voz, jamás advierte,
y con tapar el uno y otro oído,
gasto en llamarla tiempo mal perdido,
y en mi nunca se gasta el dolor fuerte.
Por ninguna ocasión pienso que huye
con paso presuroso mi presencia,
y a mi ruego jamás no se convierte.
Sino porque del mal que me destruye,
teme que si le da la pestilencia,
ella se ha de morir, y yo ser muerte.