Domingo Gil el nieto del gaitero,
andando de Benita resquebrado,
una noche se fue por un tejado,
a hablarle por encima del humero.
Díjole hijo de puta, lo primero,
y cual me traes Benita endemoniado,
y respondió la niña, habéis mirado,
habiendo más de una hora que te espero.
Pues yo le doy mi fe si se engordara
y no pasó de allí porque sintieron,
los perros de Llorente alborotados.
Y llena del hollín ambos la cara,
cuantos aquella noche se dijeron,
fueron todos requiebros ahumados.