Dejo de suspirar porque recelo
que siendo mis suspiros esparcidos,
como del pecho, salen encendidos,
abrasarán la tierra, mar, y cielo.
Con llorar solamente me consuelo,
y enternezco las piedras con gemidos,
y están de esta manera, mis sentidos,
sujetos a perpetuo desconsuelo.
De la rabiosa muerte, tengo queja,
que al Amor, agradezco la herida,
con que penetró el alma de mi pecho.
Lucida, sin razón morir me deja,
y pues quiere que yo no tenga vida,
moriré por su gusto, y mi provecho.