Ojos, que no sois ojos, si no estrellas,
que alumbran más que el Sol, y resplandecen,
luces, que cien mil almas enriquecen,
y abrasa el corazón amor con ellas.
Del fuego soberano sois centellas,
que humanos ojos veros no merecen,
bellísimos luceros, que aparecen,
eclipsando las luces menos bellas.
La libertad troqué sólo por veros,
porque conozco que tenéis la cumbre
de la belleza, y de la gallardía.
Y estoy en tal estado por quereros,
que ya soy Fénix, que con vuestra lumbre
me consumo y renuevo cada día.