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1833–1891

En la tumba de un asesinado

Pedro Antonio de Alarcón

No lágrimas merece la memoria del que justo vivió y honrado muere, ni gritos de venganza el alma quiere, si escucha ya los cánticos de gloria

Quien al caer, cual víctima expiatoria, perdona generoso al que le hiere, cándidas flores del amor espere, sacras, más que le laurel de la victoria.

Hoy esas flores tejen tu diadema y adornan tu callada sepultura, como ayer adornaban tu camino: Ellas de tu virtud son el emblema

¡Así dejaran su semilla pura en el alma del bárbaro asesino!

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