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1547–1616

De Persiles y Sigismunda, Libro VI, capítulo III

Miguel de Cervantes y Saavedra

¡Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta, alma ciudad de Roma! A ti me inclino, devoto, humilde y nuevo peregrino, a quien admira ver belleza tanta.

Tu vista, que a tu fama se adelanta, al ingenio suspende, aunque divino, de aquél que a verte y adorarte vino con tierno afecto y con desnuda planta.

La tierra de tu suelo, que contemplo con la sangre de mártires mezclada, es la reliquia universal del suelo. No hay parte en ti que no sirva de ejemplo

de santidad, así como trazada de la ciudad de Dios al gran modelo.

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