Viendo la casta Arría condenado
a muerte a Peto, su adorado esposo,
por no hallarse con vida al riguroso
trance fatal de verle degollado
Con un puñal pasando su abrasado
pecho el más fiel, más bello, y amoroso,
sacándole después con prodigioso
valor, le entrega a su consorte amado
Pero, dice, no muero se esta herida,
que por no ver tan cruda y triste suerte,
mil vidas a mil golpes las rindiera.
Sólo un dolor me quita cruel la vida:
la herida con que te has de dar la muerte,
esa es, Peto, la que hace que yo muera.