Sonreía la mañana al perfume de las rosas;
ostentaba la pradera el verdor de la esperanza,
y la trova del arroyo a las brisas melodiosas
respondía cuando, alegre, comencé mi loca andanza
Al regreso hallé la tarde con su lívida tristeza
Ni una risa ni un perfume De los vientos el gemido
al gemido del arroyo contestaba La belleza
del verdor del fresco prado era un luto ensombrecido
¡Oh! ¿Qué espíritu protervo, con sacrílegos furores,
ha cambiado de tal modo el rincón de mis amores ?
Pregunté de las tinieblas insondables al abismo.
Y en el fondo de las sombras, una voz, que el alma mía
recordaba con espanto, escuché como decía:
-Es lo mismo todo, todo; sólo tú no eres el mismo