Huye la tarde; a su fulgor incierto,
suelta la rienda sobre el pecho herido,
cruzando va un corcel solo y perdido
el campo de batalla, ya desierto
De sangre y lodo y de sudor cubierto,
con ojo audaz y con atento oído,
al césped interroga en que el gemido
oyó hace poco del soldado muerto
Allí se para al aire dilatando,
la entreabierta nariz, el aire aspira,
llegan los cuervos la festín nefando,
apaga el sol su funeraria pira,
mueve la hierba el bruto resoplando,
lame la frente al paladín, y espira.