Amor, tú que las almas ves desnudas,
cuéntanos el desdén y la osadía
con que la hermosa Filis resistía
a tus doradas flechas más agudas;
y dinos las razones y las dudas
con que, después de herida, se encubría,
si soberbia o vergüenza detenía
lo que mostraba apariencias mudas.
Lo que nosotros vimos acá fuera
fue colorearse el rostro como rosa
y huir de nuestros ojos sus dos soles;
cual suele Febo al fin de su carrera,
robando su color a cada cosa,
las nubes adornar con arreboles.