Más embravezco al mar, más inquietos
pruebo los vientos cuanto más envío
voces al cielo, y al lamento mío
responde con más ásperos efectos.
Mas si llevo estos ídolos secretos,
¿por qué lo espero favorable y pío?
¿Guardo, Filis, tus prendas y porfío
a pedir paz con votos imperfetos?
Osemos, pues. ¿Qué tiemblas, mano? Intenta
ardan las adoradas hebras de oro,
su imagen y estas letras de su dueño.
Que así, ronco el piloto en la tormenta,
arroja al mar las perlas y el tesoro
para librar el combatido leño.