Si el sol se pone, yo a la muerte llego
¿Quién detenerlo, por vivir, pudiera?
Detén, dorado Apolo, el carro, espera;
mas el sol no se para a nuestro ruego.
¡Oh tú, Señora, por quien vivo ciego!
Alza los claros ojos a la esfera,
y dile al sol que pare su carrera,
o no le prestarás la luz y el fuego.
Que por sólo mirar tu hermosura,
parará los caballos, admirado,
y no vendrá la noche de mi muerte.
Mas ¡ay, triste de mí! ¿quién me asegura
que de ver lo que excedes, afrentado,
no les de rienda, y huya por no verte?