Ven, que ya es hora; ven, amiga mía,
querida noche, hija de la tierra,
y pues el mar de España al sol encierra,
tu negro carro por las sombras guía;
mi ardiente fuego con tu hielo enfría,
y de mis ojos el llorar destierra;
pon dulce tregua a la forzosa guerra
con que me aflige tu enemigo el día.
Y si pretendes suspender mi daño,
porque en tus faldas doble mi reposo,
¡oh noche! trae a mi señora ausente;
mas ¡ay! triste de mí, que claro engaño!
¿cómo traerá la noche un sol hermoso,
que a sus tinieblas con su luz afrente?