En rota nave, sin timón ni antena,
el ancho golfo del amor navego,
en cuyo mar las olas son de fuego,
y en pechos se quebrantan, no en arena.
Aquí lloro, amarrado en la cadena
de un pensamiento, para el bien tan ciego,
que pretende hallar algún sosiego:
donde fuego dan voces, fuego suena.
En este mar de mi derrota incierto,
tiendo los ojos, de llorar cansados,
y muy lejos el puerto se me ofrece.
Y apenas con placer saludo al puerto,
cuando grande tormenta de cuidados
atrás me vuelve, y él desaparece.