¿Qué fiera Alejo de cruel veneno
entró en mi pecho y me privó el sentido?
¿Qué frenesí de cólera encendido
quitó a mi lengua temeraria el freno?
¿Cómo turbé, Señora, tu sereno
cielo, sin ser de rayos oprimido,
pues soy gigante bárbaro atrevido,
y no escarmiento en el ejemplo ajeno?
Rayos, Señora, de tu cielo bajen;
pagaré con mi muerte el mal que debo,
y moriré contento en noche oscura;
porque a mirar la luz aun no me atrevo
del sol; que desprecié su hermosura
en ti, Señora, como en propia imagen