Veo, señora, al son de mi instrumento,
cuando entona mi voz tu nombre santo,
parar los ríos a escuchar mi canto,
correr los montes, y callar el viento:
y luego si suplico mi tormento,
huir los ríos con temor y espanto,
y ser los montes sordos a mi llanto,
y el viento murmurar del triste acento.
Y es porque hacer sus arenas de oro,
traes a los montes un verano eterno,
y das olor al viento que te toca.
Yo deshago, llorando, su tesoro,
traigo a los montes un helado invierno
y doy al viento el fuego de mi boca.