O rompa ya el silencio el dolor mío,
y salga de este pecho desatado,
que sufrir los rigores de callado,
no cabe en lo que siento, aunque porfío.
De obedecerte, Anarda, desconfío,
muero de confusión desesperado;
ni quieres que sea tuyo mi cuidado,
ni dejas que yo tenga mi albedrío.
Mas ya tanto la pena me maltrata,
que vence el sufrimiento, ya no espero
vivir alegre, el llanto se desata:
Y otra vez de la vida desespero,
pues si me quejo, tu rigor me mata,
y si callo mi mal, dos veces muero.