Celos de quien bien ama, amargo freno,
que a un tiempo me corréis y paráis fuerte;
sombras de la enojosa y triste muerte,
tiniebla que se opone al sol sereno.
Víboras encubiertas en el seno
de dulces flores, mal que no se advierte,
tras prósperos principios triste suerte,
y en sabroso manjar mortal veneno.
¿De cuál fruta infernal acá salistes,
ruina universal de los mortales?
¡Ay! ¿por qué perseguís mis ojos tristes?
Vuelve al infierno ya, dejad mis males;
maldito sea el punto en que nacistes,
que bien bastaba amor sin furias tales.