Al tronco Filis de un laurel sagrado
reclinada, el convexo de su cuello
lamía en ondas rubias el cabello,
lascivamente al aire encomendado.
Las hojas del clavel, que habían juntado
el silencio en un labio y otro bello,
violar intentaba, y pudo hacello,
sátiro mal de hiedras coronado;
mas la envidia interpuesta de un abeja,
dulce libando púrpura, al instante
previno la dormida zagaleja.
El semidiós, burlado, petulante,
en atenciones tímidas la deja
de cuanto bella, tanto vigilante.