Señores corteggiantes, ¿quién sus días
de codicioso gasta o lisonjero
con todos estos príncipes de acero,
que me han desempedrado las encías?
Nunca yo tope con Sus Señorías,
sino con media libra de carnero,
torpe manso, alimento verdadero,
de Jesuitas santas Compañías.
Con nadie hablo, todos son mis amos,
quien no me da, no quiero que me cueste:
que un árbol grande tiene gruesos ramos.
No me pidan que fíe ni que preste,
sino que algunas veces nos veamos,
y sea el fin de mi soneto éste.