Bien fue de acero y bronce aquel primero,
que en cuatro tablas confió su vida
al mar, a un lienzo y a una cuerda asida,
y todo junto al viento lisonjero;
quien no temió del Orión severo
la espada en agua de la mar teñida,
el arco doble al Austro, y la ceñida
obtusa luna, de nublado fiero;
el que fió mil vidas de una lengua
de imán tocada al Ártico mirando,
y en líneas treinta y dos tres mil mudanzas.
pero más duro fue para su mengua,
quien puso, las que tienen contemplando,
en mar de una mujer sus esperanzas.