Pasando un valle oscuro al fin del día,
tal que jamás para su pie dorado
el sol hizo tapete de su prado,
llantos crecieron la tristeza mía.
Entrando en fin por una selva fría,
vi un túmulo de adelfas coronado,
y un cuerpo en él vestido, aunque mojado,
con una tabla, en que del mar salía.
Díjome un viejo de dolor cubierto:
-Este es un muerto vivo, ¡extraño caso!
anda en el mar y nunca toma puerto-.
Como vi que era yo, detuve el paso,
que aun no me quise ver después de muerto
por no acordarme del dolor que paso.