Cuando del mundo universal las llaves
tuviste, y sus cabezas humilladas,
rendido Mitridates, y alcanzadas
tantas victorias y tres triunfos graves,
¿quién dijera, ¡oh Pompeyo!, que las naves
en las peñas del Nilo quebrantadas
quemaran tus reliquias, arrojadas
a los peces y de ellas a las aves?
Y a ti. César dichoso, que en Farsalia
por la toga trocaste el blanco acero,
todos los enemigos sosegados,
¿quién te dijera, gobernando a Italia,
tu amargo fin, a no saber primero
que no se pueden resistir los hados?