El fuego inexorable, ya piadoso,
atado al ara el cándido cordero,
desata el lazo del ministro fiero,
a débiles defensas temeroso.
Pensó, que huyera de vivir celoso,
y viole alegre discurrir ligero
de un fuego a otro, como al sol de Hebrero,
salta de un verde prado al más hermoso.
Su madre abraza, que el amor admira
del tierno niño, y viendo que no puede
guardarle en sí, con el dolor suspira.
Crece el martirio, el fuego les concede
un cuerpo a entrambos, pues a un tiempo espira,
para que junto en las cenizas quede.