Atada al mar Andrómeda lloraba,
los nácares abriéndose al rocío,
que en sus conchas cuajado el cristal frío
en cándidos aljófares trocaba.
Besaba el pie, las peñas ablandaba
humilde el mar, como pequeño río;
volviendo el sol la primavera estío,
parado en su cenit la contemplaba.
Los cabellos al viento bullicioso,
que la cubra con ellos la rogaban,
ya que testigo fue de iguales dichas.
Y celosas de ver su cuerpo hermoso
las nereidas su fin solicitaban,
que aun hay quien tenga envidia en las desdichas.