Compuso un sabio, cuya pobre suerte
apenas toga concedió raída,
un libro en vituperio de la vida,
y dos en alabanza de la muerte.
La muerte, que infamarse siempre advierte,
de tanta exaltación desvanecida,
prometiole mostrarse agradecida
de darle tarde el virotazo fuerte.
«Que no lo estimaré, te certifico,
el sabio respondió, ya calvo y ciego,
tan largo de nariz como de hocico;
pues por tarde que vengas, será luego.
Promete, oh muerte, esa tardanza a un rico;
que yo ni te desprecio ni te ruego.»