Caen de un monte a un valle entre pizarras
guarnecidas de frágiles helechos,
a su margen carámbanos deshechos,
que cercan olmos y silvestres parras.
Nadan en su cristal ninfas bizarras,
compitiendo con él cándidos pechos,
dulces naves de amor, en más estrechos
que las que salen de españolas barras.
Tiene este monte por vasallo a un prado,
que para tantas flores le importuna
sangre las venas de su pecho helado;
y en este monte y líquida laguna,
para decir verdad como hombre honrado,
jamás me sucedió cosa ninguna.