Papeles rotos de las propias manos
que os estimaron por reliquia santa,
bien muestra ahora el viento que os levanta
que, cuanto más pesados, sois livianos.
Si de mi libertad fuistes tiranos
por la Sirena que escribiendo encanta,
ya no tendrán conmigo fuerza tanta
palabras locas y conceptos vanos.
Sosiéguense celosos alborotos,
sin tener en romperos mi osadía
torpes las manos y los dientes botos.
Venid así, ¡mas ay, mortal porfía!
que pues os vuelvo a mis entrañas rotos,
hijos debéis de ser del alma mía.