Deseando estar dentro de vos propia
Lucinda, para ver si soy querido,
miré ese rostro, que del cielo ha sido
con estrellas y sol natural copia.
Y conociendo mi bajeza impropia,
vime de luz y resplandor vestido,
en vuestro sol, como Faetón, perdido,
cuando abrasó los campos de Etiopía.
Ya cerca de morir, dije: Teneos,
deseos locos, pues lo fuistes tanto,
siendo tan desiguales los empleos.
Mas fue el castigo para más espanto,
dos contrarios, dos muertes, dos deseos,
pues muero en fuego y me deshago en llanto.