Daba sustento a un pajarito un día
Lucinda, y por los hierros del portillo
fuésele de la jaula el pajarillo
al libre viento en que vivir solía.
Con un suspiro a la ocasión tardía
tendió la mano y, no pudiendo asillo,
dijo (y de las mejillas amarillo
volvió el clavel, que entre su nieve ardía):
-¿Adónde vas por despreciar el nido,
al peligro de ligas y de balas,
y el dueño huyes que tu pico adora?
Oyola el pajarillo enternecido,
y a la antigua prisión volvió las alas:
que tanto puede una mujer que llora.