A jugar me senté con la fortuna
el bajo cobre de mis verdes prados
contra el oro que vi de sus ducados,
de cos caras, en fin, como la luna.
Eché una suerte sin pedir ninguna,
y con sólo un encuentro de tres dados
un rey me dio su pecho y sus Estados,
que a veces con los bienes importuna.
Pensé que de esta mano me vendría
la ganancia mayor que fue pensada;
pero, echando un azar la suerte mía,
tirose el oro la fortuna airada;
mas si me deja el cobre que tenía,
aunque he perdido, no he perdido nada.