No siento ¡oh muerte! que a mi espalda vienes,
que es el morir común a los mortales,
el límite más cierto de los males,
y el principio más cierto de los bienes;
mas siento ¡oh vida! que quedarte tienes
con la luz de unos ojos celestiales,
a aquellos con que mira el cielo iguales,
de quien tan larga ausencia me previenes.
Una mujer me dio vida, y hoy muero
por otra ingrata, injusta y mentirosa,
que es animal de conocer tan fuerte,
que ya regala a quien burló primero,
y ya es cruel para quien fue piadosa,
que está en su mano nuestra vida y muerte.