Francisco, cuyo santo humilde celo
la silla mereció, que fue perdida
del Ángel por soberbia, y concedida
a la humildad, que penetraba el cielo.
De penitencia espejo, que en el suelo
la propia carne tuvo tan rendida,
que admirando el demonio, fue vencida
entre la nieve, y el rigor del hielo.
¿Cuál merecer al vuestro llegar pudo?
pues Dios no solamente os había dado
que negándoos a vos con la cruz fuerte.
Humilde le sigáis, pobre y desnudo,
más de sus santas llagas adornado
porque le parezcáis en vida y muerte.