¡Oh, amado sin igual tormento! ¡Oh dura,
oh dulce sujeción del albedrío!
A una imaginación, a un desvarío,
a una ciega pasión, a una locura
de la esperanza apenas la figura
alcanzo a ver, y sin volar confío
y un bien siguiendo incierto me desvío
de remediar tan cierta desventura.
No tengo culpa yo que soy llevada
de una violenta mano, a cuyos fueros
la razón prueba a resistir en vano;
bien que no soy en esto muy forzada;
yo con mis pies, don Juan, fuera a quereros,
cuando no me llevara aquella mano.