¿A qué puede llegar mi desventura,
pues no me queda sombra de esperanza?
Pero si no lo fue, ¿de qué mudanza
puedo quejarme a quien mi mal procura?
La muerte, por lo menos, me asegura
que sola el fin de mi desdicha alcanza;
mas tener en la muerte confianza,
afrenta la piedad y la hermosura.
No despiertan mis celos tu osadía;
que ya te daba amor dulces desvelos,
tirana ingrata de la vida mía.
Mas quien quiere al temor correr los velos,
y amar con libertad lo que tenía,
da por disculpa que el piden celos.