Espera, ingrato, y mira lo que debes
a quien te ha dado el alma que desprecias.
¡Oh, cómo somos las mujeres necias,
y en resolvernos al peligro breves!
¿Qué ejércitos, que mar, qué heladas nieves,
si precias el honor, si el amor precias
hierro y fuego de Porcias y Lucrecias
defenderá que mi constancia pruebes?
Si me aborreces, ¿quién habrá que crea
que al paso que tu ingrato desdén crece
crezca mi amor, sin que locura sea?
Mucho a la muerte la mujer parece:
que huye quien la busca y la desea
y se cansa en buscar quien la aborrece.