Topáronse el amor desnudo y ciego
y el que de la virtud se engendra y cría
en una selva deleitosa un día,
y comenzaron su contienda luego.
Venció el divino, y al humilde de ruego
no se dejó vencer de su porfía;
que atado a un sauce que en el valle había
le puso con sus mismas flechas fuego.
Tal yo, que de nobleza al fin presumo;
y atando a amor mi noble pensamiento,
puesto que como fénix me consumo,
para que no renazca mi tormento
púsele fuego, y convertido en humo,
di al mar la llama y la ceniza al viento.