Con justa causa agradecido al cielo
miro mi reino dilatarse tanto,
que causa el nombre portugués espanto
del clima que arde hasta el que baña el hielo.
El mar de Taprobana, el indio suelo,
de las Quinas respeta el blasón santo,
sin que pueda impedir sireno canto
las naves que arma tan divino celo.
El remoto Ceilán, el chino, el persa,
bárbaro y moro sus laureles bajen,
y la nación más última y diversa.
Ya no es posible que mi curso atajen,
porque no hay para el Rey fortuna adversa,
si imita a Dios, porque es de Dios imagen.