Vuestra merced se temple en darle penas,
señor Amor, a un hombre de mi fama,
que si quiso Aristóteles su dama,
también la desterraron los de Atenas.
Malas comidas, y peores cenas,
y como calle pasear la cama,
súfralo, Amor, un toro de Jarama,
que ya no es tiempo de templar Jimenas.
Mande vuestra merced, señor Cupido,
que Juana me respete como debe,
y valga el Montañés sobre raído.
Si los paños me manda que le lleve,
y alguna rosa de sus labios pido,
cuanto fuego le doy, me trueca a nieve.