Plega a los cielos, adorada Elisa,
de aquestos ojos, que su luz me falte,
y en tierna juventud me sobresalte
la triste nueva del morir precisa.
O que en las blancas olas que el mar frisa
desde estas peñas mi caballo salte
conmigo en tierra, con mi sangre esmalte
la verde hierba que tu planta pisa.
Páseme el pecho la cobarde espada
del más bajo villano, que por dicha
me mate en brazos de un profundo sueño.
No tenga dicha mientras viva en nada,
ni me pueda jamás faltar desdicha
sino fuese tu esposo, y tú mi dueño.