Inés, cuando te vi, te amé; no pude
amarte antes de verte; pero al verte,
quererte se siguió, que fue quererte,
sangre que al alma por la vista acude.
Que tu beldad, ya salteador, desnude
al alma de tu amor, fue dulce suerte,
porque no habrá peligro, hasta la muerte,
que de aqueste propósito me mude.
Yo soy el labrador de estas riberas,
si bien de hidalgo quiero que me trates,
que de mayores partes consideras.
Inés, quiéreme a mí, no lo dilates,
y cuando no merezca que me quieras,
por lo menos, merezca que me mates.