¡Desiertos campos, soledad gustosa,
líquidos, sonorosos arroyuelos,
que hacéis al prado cristalinos velos,
donde se mira esa arboleda umbrosa!
¡Oh, quién hubiera sido tan dichosa,
que por su patria los benignos cielos
le dieran vuestros soles, vuestros hielos,
donde la paz y la quietud reposa!
Huyendo vengo del rigor de un moro;
no sé si un padre en tales pensamientos,
que ofendieron el cielo y su decoro.
¡Oh, cómo les mostráis a mis intentos,
que no están los contentos en el oro,
sino al revés, el oro en los contentos!