¡Peñascos Altos, de la mar batidos,
de nubes coronadas las cabezas,
donde se rompen en diversas piezas;
cristales espumosos resistidos,
constantes a sus rígidos bramidos,
como mi corazón a sus tristezas,
por o que parecí a vuestras firmezas,
prestad a mi dolor tiernos oídos!
¿Cuál peña, si le cansa el resistirse,
quiere trocar conmigo el ser que tiene
y de su fundamento desasirse?
Mas ninguna querrá, ni le conviene,
que no podrá sufrirle sin rendirse,
el mar de llanto que a mis ojos viene.