Cubierta de lucidas banderolas,
la nave indiana el rumbo a España gira;
entra en el golfo, y procelosa mira,
trepando el mar, las gavias españolas.
Allí, por escapar las vidas solas,
más mira al cielo que al «amaina y vira»,
y últimamente la esperanza expira
en competencia de montañas de olas.
Mas sirve de consuelo, que se lanza
al dulce puerto, por el golfo incierto,
y que le goza mientras no le alcanza.
Pero ha sido en mi grave desconcierto
la desdicha mayor de mi esperanza,
romper la nave sin salir del puerto.