No te fatigues, Celio, porque veas,
la soberbia mordaz del ignorante,
que nunca en vidrio se rompió diamante,
si la defensa de tu honor deseas.
Al limpio, al noble, al docto es bien que creas,
que si todo ha de amar su semejante,
¿cómo ha de amar un bárbaro arrogante
de tu ingenio las cándidas ideas?
Cuando la envidia a la virtud contrasta,
deja correr el siglo, y no te asombres;
defiéndase, pues es tan limpia y casta.
Retírate contento de estos nombres,
que para despreciar el mundo basta
ser los hombres juzgados de los hombres.