Armas de amor, señora, son tus ojos,
y siendo el resistirlos imposible,
en fuego tan hermoso y apacible
aumente el alma luz, y arda en despojos.
Tu valor, ofendido en mis antojos,
basta lo que se venga inaccesible;
que no ser a mis méritos posible,
seca esperanzas y produce enojos.
Dasme lugar que nunca me le deja,
para llegar al fin, que no se alcanza
por más que al tiempo la razón se queja.
Y así no espera mi dolor mudanza,
pues tanto más la profesión se aleja
cuanto más se me acerca la esperanza.