El sátiro, que vio primero el fuego
resplandeciente, claro y luminoso,
fuele a abrazar alegre y codicioso,
pero abrasado se detuvo luego.
Miró unas flores, que el ameno riego
fertilizaba de un arroyo hermoso,
y dijo: ¡Oh campo alegre y deleitoso!
¿por qué os dejé de aquella lumbre ciego?
Tal yo, que con mi engaño me aconsejo
y de todo el sentido me despojo,
sigo mi daño, y de mi bien me alejo.
Mi muerte busco, y de vivir me enojo;
las flores de oro en la corona dejo,
y al fuego del amor el alma arrojo.